Brain Processing
Estás dormido, suena un timbre y, en milisegundos, tu cuerpo se queda completamente tranquilo porque tu cerebro profundo ya procesó en paralelo que el ruido se dirigía al vecino; por eso no te sobresaltas. Segundos después, tu hilo consciente se pone al día y formula la frase lenta: “Ah, vale, que no es mi timbre”. El subconsciente ya había resuelto el misterio; la consciencia solo llegó tarde a redactar y digerir la conclusión.

Hay cierta grieta dentro de nuestro cerebro que separa lo que nos pasa por dentro y lo que nos contamos a nosotros mismos sobre lo que nos está pasando. Esto es así porque estamos levantados sobre una máquina que piensa antes que nosotros. Es decir:
La pregunta que sostiene esta idea es si el cerebro es secuencial o “multiprocesador”; algo que revela algo que parece paradójico: el cerebro es un multiprocesador masivo que se ve obligado a simular que es secuencial para que, prácticamente, no nos volvamos locos (o por lo menos podamos saber qué acciones tomar en cada instante de tiempo).
¿Y cuántos procesadores tiene? Se estima que alrededor de 86.000 millones (86 millardos) de neuronas, que conforman un par de millones de columnas corticales (estructuras básicas de procesamiento de señales de la corteza cerebral) actuando como micro-CPUs autónomas. Pero independientemente de la escala del cerebro, llama la atención su lentitud y su sincronismo. Y es que mientras una computadora procesa datos a velocidades elevadísimas (típicamente 3.8 GHz) en unos pocos núcleos; el cerebro es desesperadamente lento (típicamente entre 200 a 1000 Hz o mucho menos [ondas alfa, beta, etc., que van de 1 a 100 Hz]) (las señales neuronales pueden alcanzar hasta 120 metros por segundo), pero lo calcula todo a la vez, en todas partes, como una malla paralela hiperconectado.
Esa naturaleza “multihilo” se hace evidente en momentos, que todos seguro tuvimos, en los que una idea nos asalta de la nada. Roger Penrose sugería que hay procesos en la mente que escapan a la computación tradicional, debido a las limitaciones de la computación formal y la rareza de la física del cerebro y la conciencia. Richard Feynman hablaba de cómo la intuición matemática a veces llega ya armada (o de repente, completa), sin haber pasado por el tedio del cálculo paso a paso. ¿Por qué ocurre esto? Porque mientras la atención consciente —un hilo único y estrecho, como con el que yo escribo y tú lees esto o con el que decidimos qué vamos a cenar— está ocupada en la superficie, en el sótano del cerebro hay miles de procesos asíncronos trabajando en la oscuridad (ni inconsciente, ni subconsciente). Uno cree que has dejado de buscar la solución a un problema o el nombre de aquella canción, pero una parte de su corteza prefrontal sigue gastando glucosa (para generar mielina), emparejando patrones en segundo plano. Cuando ese hilo secundario encuentra la pieza que encaja, no pide permiso: lanza una interrupción directa a la consciencia (y menuda osadía, sin semáforo…). Y entonces, mientras nos atamos los cordones, experimentamos el chispazo; pero no es ninguna suerte ni casualidad, es nuestro cerebro tras trabajar en ello intensamente a nuestras espaldas.
Ligando esto con la anécdota del timbre que se comentaba arriba: estamos dormidos, suena un estímulo (timbre) en el mundo real y, en una fracción de milisegundo, la maquinaria profunda de nuestro cerebro —el tálamo, la amígdala, los mapas acústicos subconscientes…— ya ha procesado el evento. Analiza la frecuencia, la compara con el mapa de nuestro entorno (contra lo que sí está albergado e nuestro inconsciente y subconsciente) y dicta una sentencia biológica instantánea, i.e. “no es alarmante, no es hacia nuestra casa, no te alteres”. Nuestro cuerpo lo sabe muy rápido gracias a esto; por eso no nos despertamos con el impulso imperioso de ir a abrir (o al menos no me pasó así). Es decir, el hardware ya resolvió el problema en paralelo (esto recuerda, efectivamente, a la computación neuromórfica, que replica esta idea).
Más allá, ese momento de “ah, vale, que no es mi timbre”, es el hilo principal intentando ponerse al día con algo que ya estaba probablemente resuelto. La con(s)ciencia es un narrador lento, que va traduciendo a posteriori lo que el organismo ya ejecutó hace tiempo. Necesitamos verbalizarlo para convencernos de que estamos al mando, pero el pensamiento lingüístico es el último en enterarse de lo que ha pasado.
El respaldo científico a esto es el famoso experimento que el neurofisiólogo Benjamin Libet realizó en los años 80, midiendo el retraso crónico de nuestra propia mente. Libet sentó a una serie de voluntarios frente a un reloj e instrumentó sus cerebros con electrodos, pidiéndoles que realizaran un movimiento tan simple como flexionar la muñeca en el momento exacto en que sintieran el “impulso” o la decisión de hacerlo.
Descubrió que el cerebro de los sujetos empezaba a registrar actividad eléctrica para mover la mano (un patrón llamado potencial de preparación) casi medio segundo antes de que el músculo se moviera. Y realmente los sujetos no eran conscientes de su “deseo” de mover la mano hasta unos 200 milisegundos antes del movimiento.

Es decir, hay una ventana de 300 milisegundos —una eternidad en términos neurológicos— en la que el cerebro ya ha tomado la decisión, ha encendido los motores y ha comenzado a enviar la orden a la mano, antes de que el propio individuo crea haber decidido nada. El multiprocesador oculto arranca la acción en silencio y solo un instante después le envía una notificación al hilo consciente para que este se anote: “quiero mover la mano”. También por esto mismo quitamos la mano del fuego tan rápidamente, inconscientemente, antes si quiera de saber que nos estamos quemando (y también por eso cuando las neuronas sensoriales de la mano de un sujeto son incapaces [falta del sentido del tacto], este no levantaría el brazo).
En conclusión, más que los directores de la orquesta que deciden qué nota suena en cada compás, somos más bien espectadores que se sientan en la primera fila de nuestra propia mente y que, al ver que la música se compone y ejecuta perfectamente, se autoconvence de que de alguna manera está dirigiendo la función, pues vivimos con un ligero retraso respecto a nuestra propia biología, sobre una malla de procesos paralelos que nos mantienen cuerdos y nos regalan soluciones cuando ya no sabemos dónde buscar.